Por Ixone Oyarzabal
Hace tiempo que la idea de que los seres humanos necesitamos encontrar un sentido único a nuestras vidas es una certeza para mí. No se trata tan sólo de un punto de vista anclado en mis propias vivencias personales, sino que es fruto de la experiencia profesional como terapeuta. Porque las personas a las que acompaño, en un momento de búsqueda vital, anhelan descubrir la paz interior que lleva a vivir en plenitud. Pero es imposible descubrir ese sentido sin dejar de dar la espalda a la muerte, sin autocuestionarnos, ya que vida y muerte son realmente las dos caras de una misma moneda y están estrechamente entrelazadas.
La naturaleza, a través de plantas y animales, nos muestra constantemente el ciclo de la vida: nacimiento, desarrollo y muerte. Ese es el proceso natural y cíclico de la existencia humana. Sin embargo, en nuestra sociedad occidental hemos relegado a la muerte a un segundo plano, como queriendo negarla. La hemos convertido en un tabú, aún sabiendo que, junto con el nacimiento a la vida, son las dos únicas experiencias que compartimos invariablemente todas las personas. La escondemos, es invisible, separamos la muerte de la realidad cotidiana como si fuera posible hacerla desaparecer. Y por el camino perdemos ese sentido de la vida que anhelamos encontrar.
Mi razón para apoyar proyectos como el de CelBlau es la convicción de que los seres humanos necesitamos tener una relación más cercana y natural con la muerte. A través de espacios como este, donde cabe la posibilidad de cuestionar, expresar y compartir lo que sentimos cuando la muerte toca nuestras vidas es posible lograrlo. Aquí podemos compartir nuestras experiencias, ahondar en lo que sentimos, aprender unos de otros. Tenemos la oportunidad de vivir de otra manera el proceso de duelo y sentir que la experiencia nos lleva al autoconocimiento. Porque cuestionarnos la realidad, la vida tal cual estaba antes de que la muerte llegue y lo cambie todo es parte de ese proceso. Porque nada vuelve a ser lo mismo.
Los antiguos chamanes veían “la muerte como una consejera”, como un punto de partida para repensar la existencia y vivir cada momento con plenitud, como si fuera el último. Para encontrar el sentido de la vida.