Conversaciones con Francina Jaumandreu

Hace unos días, Francina, en Barcelona, y yo, en Medellín, nos encontramos para chatear. Al poco rato, Francina me dice: —Sabes… estoy trabajando con los difuntos. En los funerales. Y esto está cambiando mi vida. —Entonces empezó una conversación que sentí necesario compartir con ustedes. Algo valioso y real, que sucede ahora mismo.

Francina, que hace dos años escribía un blog y posts en Facebook relacionados con la muerte de su hija Anahí, recibió una propuesta inesperada: trabajar como oradora en funerales laicos. A Francina le “picaba la curiosidad” y a la vez le generaba incertidumbre cómo podría afectarla semejante trabajo, pues apenas dos años atrás había muerto Anahí, y ella aún estaba en plena recuperación.

De cualquier manera, se atrevió a probar y fue “amor a primera vista”. La tarea de Francina era recibir a las familias que acababan de perder a alguien para preparar la ceremonia de despedida: ella escuchaba, preguntaba, se interesaba por el difunto y su familia; en medio de su conversación, tomaba nota y luego escribía un retrato de la persona que había muerto. Al día siguiente, durante la ceremonia, hablaba a los dolientes sobre aquel por el que sufrían, entre reflexiones sobre el amor, la vida y la muerte. Al principio, Francina leía sus textos, ahora, solo improvisa. Ha ganado confianza y seguridad en sí misma; además, se siente útil. Como ella misma lo dice, ha “descubierto que tenía una vocación oculta”.

En este punto, Francina me dice: —Allí, desde mi púlpito, digo las cosas que sé que les ayudarán a ellos a sobrevivir mejor en ese duro trance de la despedida, y lo digo todo desde el corazón, con la mayor empatía que te puedas imaginar. Todo lo que hablo lo siento y lo pienso de verdad, no tengo que fingir ni inventar nada. —Y puedo imaginarla, hablando desde su corazón, ceremoniosa y cálida, a los corazones de otros.

Pero resulta que a Francina su empatía con los tristes no le genera tristeza, y entonces le pregunto por qué. Su respuesta es: —porque yo estoy bien por dentro, estoy fuerte. Mi corazón está lleno de amor, y yo empatizo con ellos y me emociono con ellos, pero tengo la certeza de que volverán a subirse al tren de la vida como hice yo. —Su trabajo, entonces, es llevar esperanza a los que empiezan apenas en su dolor, porque ella ya está de nuevo en “el tren de la vida”; está fuerte y sabe que, así como ella encontró la fuerza, los otros también pueden hacerlo, y lo harán.

Este trabajo que realiza Francina le ha dado, también, algo más, algo que necesitaba. Ha sido un camino para centrarse y darse un nuevo lugar en el mundo, gracias al hecho de encontrar sentido a su dolor ayudando a todas esas personas. Sobre esto, me confiesa: —Ahora tengo como una dependencia sana de esto. Necesito ir al tanatorio, reunirme con las familias, escucharles… y luego en el funeral hablar y transmitirles toda la esperanza posible.

¿Esperanza en qué?

A esta pregunta, Francina responde:

—Esperanza en que con el tiempo entenderán que el ser querido se ha transformado y es parte de ellos, y ya no lo echarán en falta físicamente; esperanza en que la muerte no existe, en que somos polvo de estrellas y todos somos uno, y ellos están en nuestras células. Esperanza en que el dolor se transformará en serenidad, en amor incondicional, en agradecimiento.

No agrego ni una palabra al modo en que ella me lo dice. Esas son, una a una, sus palabras. La bella imagen que busca transmitir a otros para alimentar la esperanza. Esta mujer, para decir lo que quiere y cree que es necesario decir en aquellos momentos, se desliga de lo convencional: del típico “lo siento”, de las frases hechas, de las cuatro preguntas de rigor que se suelen hacer a las familias, del invariable guion que leen, ya sea para un abuelo de 90 años o para una chica de 25, de cualquier discurso prefabricado que impida entrar en el terreno emocional. En su trabajo aparece la Francina auténtica, el ser humano que reconoce que cada familia y cada caso son únicos, y que hay necesidad de conectar a fondo para hacer aquello que las familias esperan y necesitan, aunque no sepan explicar qué es lo que les hace falta en ese momento.

—Esto se ha convertido en el motor de mi vida —dice Francina—. Me muevo en ese edificio entre tanta gente devastada y yo salgo de allí reconfortada; es un fenómeno muy curioso… Creo que es porque siento que he hecho algo útil y lleno de sentido, y siento que Anahí me ha llevado por este camino y le doy las gracias cada vez por iluminarme y haberme enseñado a ayudar a los demás.

Para Fran, al igual que para mí, esto es algo que debe trascender, el potencial que tiene la muerte de despertar conciencias. El potencial transformador de la tragedia. Incluso, el potencial de despertar conciencias realizando una tarea, que podría ser muy rutinaria, desde el fondo del corazón, saltándose las normas, desde el altruismo y la empatía.

Y continúa Francina: —Ahora soy feliz, a pesar de la nostalgia de Anahí. Puedo decirte que soy feliz porque hago una cosa en que me siento autorrealizada, en que conecto con lo más íntimo de mí, con mi auténtico ser. —Francina dice: “a pesar de la nostalgia de Anahí”, pero se me ocurre que es precisamente en el corazón de esa nostalgia en donde ha encontrado una nueva felicidad, porque la ausencia física de su hija ya es parte de su vida, es parte de su ser, y poder hablar con franqueza sobre la ausencia y la esperanza que le son ya tan íntimas, le permite presentarse tal y como es, sin máscara.

—Desde que hago esta tarea —me dice Fran—, no paro de recibir agradecimientos, en persona, por escrito, a través de terceros… eso me dice que algo debo hacer bien, pero no acabo de creérmelo. —Y es que en nuestros momentos de mayor vulnerabilidad, cuando nos sentimos abandonados, solos, desdichados, la llegada de una mirada profunda, de unas palabras de corazón, pueden ser precisamente aquello que nos reconecte, cuando menos lo esperamos, con la gratitud por la vida… y también por la muerte.

—¿Sabes lo que es terminar un funeral —me pregunta— donde apenas conoces a las personas, y que venga alguien y te abrace y te diga gracias? —Y ella misma me responde: —Yo me quedo congelada, no me lo creo. Y digo ¿gracias de qué? Y ellos contestan: “gracias por habernos hecho de este trance algo agradable” o me dicen que entraron en la sala tristes y salieron felices, y cosas por el estilo… A veces me voy de allí con lágrimas en los ojos.

Esta fue, más o menos, la conversación con Francina… Y quise compartirla porque pienso que para acercarnos al misterio de la muerte, con el respeto debido a lo sagrado, con un poco de temor, pero también con la certeza de que hay allí un gran aprendizaje para el ser humano, hace falta algo muy simple: hablar de la muerte, acercarnos a la muerte, al dolor de los vivos, a la fragilidad que sentimos cuando estamos en su presencia y cuando los que amamos mueren.

Agradezco a Francina por su conversación, por nuestros encuentros en donde hablamos, con maravilla y ternura, de lo que a otros les pesa tanto mencionar. Agradezco a ustedes por escuchar estas palabras.

Por Adriana Aguilar Vélez, autora del Blog: Morir y Acompañar a Morir 

Blog de Francina Jaumandreu


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