Jordi Évole

Esta semana ya no he tenido albañiles en la fachada de casa. Ni he tenido que llamar al señor José para que parase la obra cada vez que tenía que grabar. Y como les avancé, a pesar de la tranquilidad ganada, le he echado de menos. El hombre vino a des­pedirse el lunes, aprovechando que le encar­garon (a pesar de la prohibición de trabajar) que recogiese todo el material que había ­quedado por medio. Porque el viernes se fue a ­casa pensando que el lunes volvía al curro. Igual son malos tiempos para la crítica, pero publicar un decreto gubernamental un domingo por la noche para saber quién tiene que ir a trabajar el lunes por la mañana no fue una gran idea.

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