Por Francina Jaumandreu

3 de mayo 2020

Un intento de análisis de las causas que han llevado al sistema sanitario a privar a los moribundos de acompañamiento humano en el contexto de la pandemia Covid-19.

«Tú importas porque eres tú e importas hasta el final de tu vida. Haremos todo lo que podamos, no solo para ayudarte a morir en paz, sino también para ayudarte a vivir hasta que mueras.»

Cicely Saunders

No soy una experta en nada, y menos en medicina, procesos de vida y muerte y acompañamiento. Sí soy una aprendiz que busca respuestas a sus preguntas y una persona sensible que sufre cuando hay alguien que sufre. Escribo este texto porque el sufrimiento generado en el contexto de la pandemia me ha hecho formularme preguntas para las que al principio no tenía ni el más mínimo indicio de respuesta. Pero han ido pasando los días y las semanas. Durante mi forzado confinamiento he buscado toda la información que estaba a mi alcance y me he tragado todos los webinars de expertos que he encontrado sobre este tema. He llegado a algunas modestas conclusiones, que quiero compartir con vosotros.

Hace ya semanas, desde los inicios de la pandemia, que me estoy preguntando repetidamente si no se podía hacer algo para evitar que los enfermos aislados por covid-19 muriesen en soledad. He ido viendo día tras día como en todos los medios se hablaba de la forma en que morían —y mueren— los enfermos de Covid-19, aislados —algunos desde bastantes días atrás, o incluso semanas— y solos hasta el mismo momento de su fallecimiento. La sociedad parecía aceptarlo como algo contra lo que no se podía luchar. Sin embargo, algunos no hemos parado de llevarnos las manos a la cabeza y sentirnos horrorizados ante una situación tan inhumana y espeluznante, por el gran dolor que ha generado y sigue generando en los enfermos y en sus familias. No he parado de preguntarme si en una sociedad desarrollada y altamente provista de las más modernas tecnologías era realmente inevitable que nuestros seres queridos muriesen completamente aislados y solos. 

Tenemos un modelo sanitario donde lo importante es «curar enfermedades» y no «cuidar personas». Cuidar personas engloba curar enfermedades, pero no así a la inversa.

Con la salvedad de los equipos de cuidados paliativos, el «proceso de morir» no interesa en el entorno sanitario. El proceso de morir no es lo mismo que la muerte. Es aquella etapa última que la persona enfrenta cuando rebasa un punto de inflexión a partir del cual cualquier esfuerzo terapéutico no solo es inútil, sino que, en la mayoría de ocasiones, está de más. El proceso de morir, que también se puede llamar «agonía», o «situación de últimos días» no es una enfermedad, y por tanto no requiere tratamiento. En ocasiones se sigue aplicando tratamiento hasta el mismo momento de la muerte, ya sea porque es lo único que los profesionales saben hacer en ese contexto, o porque la familia lo «exige», al no querer tirar la toalla y aceptar lo inminente del desenlace. Los médicos no suelen tratar aquello que no está diagnosticado, y el proceso de morir no es un diagnóstico. En realidad, el proceso de morir no necesita tratamiento, ni medicina, ni técnica, pero sí precisa los cuidados y la compañía de los familiares del moribundo o, en su ausencia, del profesional sanitario, ya sea una enfermera, un médico, un psicólogo, un voluntario… una persona, en definitiva. En el momento en que entramos en este proceso, la enfermedad ya pasa a un segundo plano, o directamente desaparece.

Cuando el enfermo es incurable, se abandonan los tratamientos y es allí donde entran en juego los equipos de cuidados paliativos, que instauran pautas de bienestar y siguen cuidando al enfermo de manera intensiva hasta el final. Un equipo que no es de paliativos no dejará morir rabiando de dolor a un enfermo, ni ahogándose: hay medios para evitar este tipo de sufrimiento, y pienso que estos medios están disponibles en cualquier centro sanitario de nuestro país.

Sin embargo adolecemos de una evidente falta de cultura en el terreno del acompañamiento del proceso de morir. A pesar de las muchas iniciativas, programas y proyectos de cuidados paliativos, cuidados tipo hospice, y acompañamiento espiritual en el sufrimiento que han proliferado en España desde los años 80, el concepto de acompañar en el final de la vida todavía es algo de lo que se ocupan sectores excepcionales y muy específicos de la sociedad y de los profesionales sanitarios.  Los equipos de cuidados paliativos se han ido extendiendo, pero no consiguen llegar a toda la población que los necesita.

Cuando una persona se va a morir necesita que alguien atienda su dimensión humana. El sufrimiento humano no acontece únicamente por dolor corporal, por ahogo, por incomodidades o distress físico. El sufrimiento humano también acontece cuando nos separan de nuestros seres queridos, ante el miedo a lo desconocido, ante la soledad, la confusión y la desorientación, y en el final de la vida pueden confluir todas estas causas juntas, que es lo que mucho me temo que ha sucedido. En el final de la vida necesitamos que alguien cercano atienda nuestra dimensión intangible y sutil. Necesitamos sentir presencia, hospitalidad y compasión. Y necesitamos cerrar nuestro ciclo vital con una despedida de aquellas personas que han significado tanto en nuestra historia. Cuanto más sereno sea nuestro final, tanto más llevadero será el duelo de nuestros allegados.

En medio de la locura desencadenada por la pandemia, todos los esfuerzos se han centrado en salvar vidas y en encontrar los recursos materiales necesarios para ese fin. Hemos puesto tanto empeño en salvar una vida, que hemos olvidado que esa vida tenía un protagonista que necesitaba cerrar dignamente su biografía, igual que necesitaba ser reconocido como un ser humano que, además de la física – material, tiene una dimensión espiritual.

Dejar que un ser humano muera aislado y solo, cuando la muerte no le ha sobrevenido de forma imprevista, en forma de suceso súbito como sería el caso de una muerte por accidente, sino que el enfermo se encontraba en el hospital y la muerte era previsible como consecuencia de la evolución de la enfermedad, es una forma de violencia.Quiero creer que esta hegemonía del materialismo tan propio de la sociedad capitalista también algún día quebrará y cederá el paso al reconocimiento de un ser humano holístico y multidimensional.




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