Llegó con la primavera. Cuando los nuevos brotes empezaban a abrirse a la vida. Fue como un ciclón que arrasa todo lo que encuentra a su paso. Y nos encontró con las puertas abiertas.
Nos trajo el miedo, nos hizo sentir pequeños y vulnerables, experimentar el dolor y el sufrimiento; hizo presente a la muerte como una compañera de viaje inseparable.
Un pequeño virus que se cebó con las personas más desprotegidas socialmente. Cada día contábamos como sus vidas se apagaban; quienes morían y sus familias entraban en una triste estadística que marcaba la evolución de la pandemia. Pero las personas estaban ahí, con nombres y apellidos, como lo estaba también la historia de su vida. A la gran mayoría no los pudimos acompañar físicamente y unos y otros tuvimos que buscar en lo más profundo de nuestro espíritu para encontrar la forma de abrazarnos, darnos la mano y prometernos amor eterno, sin vernos. Aquellos que nos quedamos llorando la pérdida lo hicimos íntimamente, sin los rituales ancestrales que mitigan los primeros momentos del trance. Y ha sido muy duro.
En Europa parece que el virus nos está dando una pequeña tregua, pero nadie puede descartar que vuelva a aparecer en otoño, o antes. Pase lo que pase, en nuestra memoria quedan todas aquellas personas que comenzaron a irse esta primavera. Las recordaremos cada año cuando nos asomemos al balcón y respiremos una nueva primavera.
Desde Celblau, rendimos homenaje a cada persona, a las familias que tuvieron que afrontar la muerte en medio del caos y la soledad; nuestro reconocimiento por su entereza y su valentía. Y, sobre todo, nuestro agradecimiento por cada gesto de amor que brotó de sus corazones.
CelBlau
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