Por Amparo

Somos madres y padres que hemos visto morir a nuestros hijos, a nuestras hijas. Una raza aparte, dicen que somos. Seres humanos que han experimentado lo imposible.

Pero somos diferentes, como lo son nuestros hijos, nuestras hijas. La mayoría hemos elegido seguir aquí, cada uno con su promesa de amor eterno particular. Continuamos andando por esta vida sabiendo lo que es morir. Y ¿por qué? Algo nos empuja. Nos empuja algo tan fuerte que nos hace renacer cada vez que el dolor parece que ha ganado la batalla; algo que permite que un pequeño halo de luz se abra paso en la oscuridad. A veces, ni siquiera somos conscientes de qué se trata y ponemos en duda nuestra propia lucidez pensando que la locura es ya una compañera habitual. Pero llega un momento que da igual, en que deja importar si es locura o lucidez, porque ese ‘algo’ intangible es lo que nos permite seguir conectados con nuestros hijos e hijas; con el mundo.

Es difícil explicar, que aceptar la muerte de una hija, de un hijo, no significa en absoluto renunciar a estar con ella, con él. ¿Cómo explicas que el amor que nos unía en vida, no desaparece, sino que crece y transforma tu vida hasta lo increíble?  

Pienso en los momentos mágicos compartidos, en el que las miradas se cruzaban y se detenía el tiempo; momentos en los que pensaba que era imposible sentir más amor que el que fluía en esos instantes. Pero me equivocaba. Porque sí es posible. Es aquello que nos empuja.

Somos madres y padres, personas que atravesamos nuestras propias fronteras. La verdad es que vivir a las afueras, en los lindes es todo un reto. Nuestro viaje no nos hace mejores ni peores que el resto de mortales, pero sí podemos decir que ‘algo nos empuja’, nos impulsa a ir un poco más allá de la línea que marca el horizonte entre la vida… y la vida. 

Te quiero, Dani

Mil besos


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